Pirineos de Huesca.Bielsa,Ainsa,Broto,Torla,                        
Identifíquese / Regístrese
Ya soy usuario de readyshop
Introduce tu usuario y contraeña para identificarte en la web.
Usuario:
Password
Quiero ser un usuario de readyshop
Si todavía no tienes una cuenta de usuario de nuestro sitio, utiliza esta opción para acceder al formulario de registro.
Te solicitaremos la información imprescindible para agilizar el proceso de compra.
Usuario Público

el soto

 
 
 
 
 
 

El soto


Hay lugares en Sobrarbe tan mágicos como los parajes más reputados,
tan solitarios como las crestas más recónditas, tan cercanos, sin embargo,
que en un largo paseo podemos disfrutarlos y, si nos convertimos en
asiduos de sus rincones, acabamos por ir conociendo los secretos que
encierran, a la vista de todo aquel que se quiera aventurar.

Desde el otoño a la primavera es un placer pasear por la carretera que
nos permite llegar hasta el viejo enebro, que nos espera paciente, y
abrazarlo. Está algo mermado, pero resiste el paso del tiempo, dejando
que crezca en su misma base un litonero. A su sombra, ancestrales
asientos de piedra nos invitan a contemplar un anfiteatro de pinares y
cárcavas de marga gris, en el que apenas se esconden las tres últimas
casas de pastores que pueblan este oasis, ajeno a la urbanización tan
afanosa de otros sitios.

En invierno sus sinuosos barrancos permanecen helados en el fondo,
pero el aire frío no nos alcanza por mucho que sople en los angulosos
vértices que separan y coronan las cárcavas peladas.

Milagrosas raíces de enebros y sabinas reptan en superficie, sin otro
abrazo, ni asidero que el de la roca agrietada y desecha.

Un paisaje asequible, humanizado y a la vez salvaje, como lo son los
sitios que apenas se visitan. Su silencio está habitado por seres
invisibles que en cualquier momento se nos hacen presentes. Su belleza
sobria, en nada exuberante, alberga ardillas que casi nunca se dejarán
ver, zorros asustadizos que nos miran de lejos, sin parar de alejarse;
bandadas de chovas que vuelan hasta el bosque o se dirigen al pantano;
alguna culebra o renacuajo en los escasos charcos que sobreviven en
verano. Los buitres apostados en las faldas de un tozal, igual que
grandes piedras. De repente se echan a volar y pasan sobre nuestras
cabezas, con su fuerte aleteo, oscureciendo el sol un breve instante.
Recorro sus senderos cuando el sol no castiga. Remonto los barrancos y
subo las empinadas cuestas, adornadas de sabinas globulares.
Es un placer de dioses, tal vez no ambiciosos, pero si abiertos a
dejarse seducir por la humilde belleza de un útero boscoso y estepario,
donde un tiempo detenido y un silencio poblado y sugerente nos acogen.
                                                                                           
                                                                                                         inicio